Reindustrializar la economía europea: una misión compleja que tiene en la inteligencia artificial su mejor aliado

Reindustrializar la economía europea: una misión compleja que tiene en la inteligencia artificial su mejor aliado

Situémonos en 2020, el año que quedará marcado en los libros de historia por la pandemia de la covid-19. En paralelo a la disrupción que supuso esta enfermedad en nuestras vidas, se produjo otro fenómeno inaudito por su profundidad y gravedad: una interrupción masiva y prolongada de las cadenas de suministro globales. Fue, sin lugar a dudas, un punto de inflexión para muchas regiones del globo, como Europa, que habían hecho de la globalización y la externalización sus particulares banderas de progreso económico. De la noche a la mañana, contar con un tejido industrial fuerte era el mejor activo que cualquier país podía atesorar.

Entre 2000 y 2020, la Unión Europea perdió un 20% de cuota de mercado en la producción industrial global. Ese mismo año, el déficit comercial de la UE en productos manufacturados superó los 335.000 millones de euros. Y, desde entonces, la situación no ha hecho sino empeorar: las sucesivas crisis económicas, la incertidumbre provocada por los conflictos en Ucrania y Palestina, nuevas interrupciones del comercio mundial en el Mar Rojo… El escenario convierte, si cabe, a la reindustrialización de las economías más consolidadas en el mayor imperativo del momento.

El temor no está solo ligado a sufrir desabastecimiento de algún bien de primera necesidad (como sucedió en la pandemia). Tampoco es una cuestión exclusivamente ligada a la necesidad de inyectar un nuevo influjo al crecimiento económico de Europa, anquilosado en cifras de un solo dígito y con grandes dudas sobre su sostenibilidad futura. Ni siquiera es algo que responda a una disputa política entre bloques enfrentados, como sucediera durante la Guerra Fría. Más bien al contrario: la necesidad de contar con industria propia, eficiente y competitiva es la que genera esos conflictos y tensiones geopolíticas, al mismo tiempo que suponen la gran esperanza para incrementar el PIB y el empleo.

La Unión Europea centra la mayoría de análisis en estos momentos, no por ser objeto fetiche, sino porque es la región que mejor ejemplifica los daños de la deslocalización masiva de sus capacidades industriales desde los años 90 hasta la actualidad. También, por ello, se esperaba de Bruselas -que diagnosticó el problema con cierta celeridad en 2020- una respuesta a la altura de las circunstancias. El Plan de Recuperación NextGenerationEU, dotado de 750.000 millones de euros, es la iniciativa de mayor calado que el Viejo Continente ha puesto en marcha jamás para reconvertir las economías europeas y dotarlas de un mayor peso industrial. Acompañada de la Estrategia Industrial Europea, este plan busca fomentar la autonomía estratégica y facilitar el desarrollo productivo dentro del bloque comunitario.

Sin embargo, el diálogo sobre una reindustrialización podría verse como un mero trasvase de plantas de fabricación de un punto a otro. Esta aproximación no sólo sería un graso error, sino también resulta absurda teniendo en cuenta el ritmo acelerado de cambios que se viven en prácticamente todos los mercados, ya sean de consumo o empresariales. Y es por eso que las iniciativas de la UE parten de una premisa básica, de lógica aplastante: la reindustrialización debe producirse, sí, pero ha de hacerlo sobre los principios de la innovación digital y la transición verde.

En este proceso, la inteligencia artificial jugará un papel fundamental. La IA tiene el potencial de transformar todos los sectores económicos, desde la manufactura hasta la agricultura, pasando por el transporte y la energía.

Recordemos que, actualmente, la inversión en I+D en la UE es inferior a la de Estados Unidos y China, y eso es especialmente cierto en el segmento de la inteligencia artificial, donde Europa ha resultado esencial en las fases de investigación de esta tecnología (recordemos que fue en Reino Unido donde se acuñó este término en 1956) pero se ha quedado descolgada de su fase de desarrollo y comercialización. Sin embargo, los analistas estiman que esta tecnología, la inteligencia artificial, podría aumentar el PIB de la UE en 16,3 billones de euros hasta 2030. Es una oportunidad que no podemos dejar pasar.

Diversos estudios de PwC, Accenture, IDC, Gartner y varias compañías dedicadas a estas lides explican cuál es el impacto potencial de la IA en su confluencia con la reindustrialización de nuestro tejido productivo. Por un lado, la inteligencia artificial permite aumentar la productividad total de una compañía, justo una de las lagunas de muchos países (como España) a la hora de ser competitivos internacionalmente. Por otro lado, se puede fomentar una industria capaz de ofrecer productos más personalizados y que se adapte mejor a los cambios de tendencias del mercado o a los picos de demanda que se produzcan. Esa escalabilidad y flexibilidad se apoya, principalmente, en tecnologías como los gemelos digitales o las herramientas predictivas, hermanas gemelas de la inteligencia artificial.

Tenemos grandes ejemplos de esta confluencia tan extraordinaria. Siemens ya utiliza gemelos digitales para poder simular diversos escenarios de producción antes de ponerlos en producción, además de llevar a cabo algunas pruebas pioneras en el trabajo conjunto de máquinas inteligentes y humanos en sus fábricas. BMW ya usa la inteligencia artificial para optimizar la producción de sus vehículos y evitar los fallos durante todo el proceso de fabricación. Y el coloso de la aviación europea, Airbus, usa esta misma tecnología para descubrir nuevos materiales con los que hacer que sus aviones sean cada vez más ligeros, eficientes, sostenibles y seguros.

Empero, la reindustrialización de Europa no será un proceso fácil. Hay varios desafíos que deben abordarse, incluyendo una inversión más directa y ágil hacia las empresas industriales que quieran mejorar sus procesos mediante la IA. También, coinciden todos los analistas, se debe hacer especial ahínco en la formación de la mano de obra actual, para que sea capaz de aprovechar el potencial de la tecnología y aportar valor en una era cada vez más dominada por la automatización. Igualmente, queda por constatar cuál será el rol -positivo o negativo- que jugará la regulación europea en materia de inteligencia artificial, la AI Act, cuya aprobación está prevista para esta primavera. Obstáculos, no obstante, que son perfectamente salvables si mantenemos en nuestra cabeza la premisa básica que subyace a esta cuestión: la reindustrialización es una tendencia inevitable y necesaria, pero sólo se producirá si viene acompañada de tecnologías de vanguardia -como la inteligencia artificial- que garanticen su sostenibilidad económica y medioambiental a largo plazo.

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