Robótica y expectativas: el error está en cómo la imaginamos 

Robótica y expectativas: el error está en cómo la imaginamos 

Durante años, hemos imaginado robots más avanzados de lo que realmente existen. Pero ¿y si ese desfase entre expectativa y realidad fuera precisamente el problema?  Eso es lo que defendió Kate Darling en el Talent Arena 2026, donde desmontó algunos de los mitos más extendidos sobre la robótica y señaló un obstáculo inesperado: nosotros mismos.  

La trampa de los humanoides y la metáfora animal

Históricamente, la cultura pop y la ciencia ficción occidental nos han condicionado para ver a los robots a través de un prisma polarizado: o son sirvientes dóciles o futuros conquistadores. Esta visión ha impulsado una tendencia constante a antropomorfizar las máquinas y a intentar recrear la inteligencia humana.  

Sin embargo, Darling argumenta que esta obsesión por crear máquinas con forma y comportamiento humano es limitante y «aburrida».   

«La idea de que deberíamos estar recreando habilidades humanas hace que la tecnología sea aburrida. ¿Por qué estamos creando humanos si podríamos hacer mucho más?

En lugar de recurrir a la ciencia ficción, Darling propone un marco mucho más pragmático: la relación del ser humano con los animales. Durante milenios, nos hemos asociado con animales para el trabajo, la protección o la compañía, no porque puedan hacer exactamente lo mismo que nosotros, sino precisamente porque sus habilidades son diferentes.  

Pensar en los robots bajo esta analogía abre la mente a diferentes formas, funciones y utilidades, alejándonos de la constante y errónea suposición de que el destino de las máquinas es reemplazarnos.  

El choque contra el mundo físico y las expectativas desmedidas 

En la actualidad, vivimos deslumbrados por modelos de inteligencia artificial generativa entrenados con cantidades masivas de texto extraído de internet. Sin embargo, la robótica se enfrenta a un desafío inmensamente mayor: el mundo físico. A diferencia de los chatbots, los robots carecen de los datos necesarios para entender cómo interactuar de forma segura con el entorno físico. Acciones instintivas para nosotros, como ajustar el equilibrio en un suelo resbaladizo o calcular cuánta presión aplicar sobre un objeto frágil sin romperlo, representan actualmente problemas de ingeniería dificilísimos de resolver para una máquina. 

Esta brecha entre los rápidos avances de la IA puramente digital y la robótica en el mundo físico está generando un problema crítico: estamos esperando demasiado y de manera muy rápida a los robots. Los inversores están inyectando sumas multimillonarias en robots humanoides de propósito general, pero según explicó Darling las capacidades reales de la tecnología aún están lejos de satisfacer dichas expectativas. Darling advierte que estas falsas esperanzas son el mayor riesgo para la inversión tecnológica. 

«Las expectativas de la gente nunca se corresponden con la realidad de lo que pueden hacer los robots; cuestan cifras de seis dígitos y hacen cosas sorprendentes si se entienden los secretos de la robótica, pero las expectativas de la gente, incluso las de los inversores, son demasiado altas«.

El falso mito del «robo de empleos» y la responsabilidad corporativa 

Uno de los titulares más comunes es que los robots nos dejarán sin trabajo. Darling desmitifica tajantemente esta narrativa, señalando que el verdadero culpable no es la tecnología, sino las decisiones corporativas impulsadas por el capitalismo desenfrenado y la búsqueda de rentabilidad a corto plazo. Darling advierte que las empresas actuales no son recompensadas por tomar decisiones éticas o que apoyen a las personas, sino por maximizar el beneficio rápido y reducir costes, tratando a menudo a los trabajadores como elementos desechables. 

Para ilustrarlo, Darling recordó a los luditas del siglo XIX, a quienes a menudo se etiqueta erróneamente como «enemigos de la tecnología». En realidad, protestaban contra el uso de las nuevas maquinarias como excusa para empeorar las condiciones laborales. Del mismo modo, en la actualidad la robótica debería utilizarse para complementar nuestras capacidades, escalar la producción o asumir tareas peligrosas, dándonos trabajos más seguros y significativos.  

Para que esta transición sea justa, se requieren iniciativas políticas dirigidas a la recapacitación los trabajadores

Nuestros vínculos emocionales: del robot aspirador al campo de batalla 

La robótica, al estar encarnada físicamente, despierta en nosotros reacciones únicas. Evolutivamente, nuestro cerebro está diseñado para identificar agentes que se mueven solos y proyectar intenciones vitales en ellos. Por ello, un apabullante 85% de las personas bautiza con un nombre a su robot aspirador, e incluso se entristecen cuando este se atasca. Más asombroso es el caso de la empresa iRobot, que recibía unidades defectuosas para reparar y veía cómo los clientes rechazaban un dispositivo nuevo de reemplazo porque querían de vuelta exactamente al «suyo». 

Este potente vínculo emocional se observa incluso en situaciones extremas. Darling expuso cómo soldados en Afganistán se encariñaron tanto con unos pesados robots con forma de tanque que usaban para desactivar explosivos, que les celebraban funerales al ser destruidos e incluso ponían en riesgo sus propias vidas para salvar a la máquina. Si se diseñan cuidadosamente, evitando los efectos perturbadores del «valle inquietante» (cuando algo parece humano pero resulta falso y espeluznante), estos sistemas podrían aprovechar el apego emocional para combatir problemas de salud global como la soledad no deseada

Ética, responsabilidad humana y el papel líder de Europa 

Cuando un sistema tecnológico falla, existe una peligrosa tendencia a desplazar la culpa hacia la máquina. Darling rechaza frontalmente la idea de introducir sistemas éticos artificiales equivalentes a las famosas Leyes de Asimov; en su lugar, afirma que siempre se debe exigir responsabilidad a los creadores humanos y a las empresas

Esto se evidencia en la «zona de deformación moral», un sesgo que ocurre en sistemas donde colaboran máquinas y personas. Cuando ocurre una tragedia, como el accidente fatal del coche autónomo de Uber, el sistema judicial suele castigar duramente al operario humano, eximiendo a la compañía fabricante de las deficiencias organizativas y de diseño del vehículo. Darling compara esto con culpar a un tigre por atacar a alguien en un zoo, en lugar de responsabilizar a la institución que debía mantenerlo en un recinto seguro. 

«Tendemos a poner el foco ético en las máquinas cuando deberíamos exigir responsabilidades a los humanos. Cuando desplazamos la culpa hacia la máquina, no estamos afrontando el problema real; las personas y las compañías deben asumir su responsabilidad»

En cuanto al panorama regulatorio, Darling elogia abiertamente la postura de la Unión Europea. Mientras que la cultura de Sillicon Valley en Estados Unidos se basa en la premisa «moverse rápido y romper cosas» —una mentalidad que acepta Darling acaba perjudicando injustamente a algunos sectores sociales—, Europa ha convertido la regulación rápida en una prioridad. A pesar de los miedos a que esto frene la innovación comercial, Europa está estableciendo un modelo valioso para que el resto del mundo aprenda cómo alinear el progreso tecnológico con los valores comunitarios y sociales

“La regulación en Europa es rápida y prioritaria; Estados Unidos necesita más regulación. Muchos países miran a Europa por los pasos que está dando. Creo que, incluso si cometemos errores, Europa está marcando el camino y es importante que la gente lo vea”. 

Conclusión 

La idea fundamental que Kate Darling buscó transmitir en Talent Arena es una llamada a la acción: el futuro de la robótica no está escrito en piedra por la inercia tecnológica, sino que será el resultado directo de nuestras decisiones colectivas.  

Si aspiramos a un futuro en el que los robots contribuyan genuinamente al desarrollo, debemos abandonar la pasividad, participar en política y exigir que la innovación evolucione en favor del bienestar de las personas y no en su contra. 

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